La debacle bancaria de los últimos meses ha puesto al mundo de cabeza. Mientras los expertos en economía se han quedado desconcertados, los ciudadanos de a pie han tenido que aprender de golpe cómo funciona el sistema financiero. Expresiones como crisis, recesión, mercados de capitales, globalización, fusiones, "commodities" e inversiones de riesgo han dejado de ser términos técnicos para convertirse en habituales. En el último año, las noticias sobre economía llegaron a ganar en popularidad a las de deportes, ocupando un lugar cada vez más destacado en los medios de comunicación, en las conversaciones y, por supuesto, en la vida cotidiana. Hoy, millones de españoles conocen perfectamente lo que significa una crisis o una recesión, y no sólo porque cada semana aparezca un dato nuevo en la prensa, sino porque la sufren: España ha cerrado 2008 con más de tres millones de personas en el paro, con proyecciones desalentadoras y, sobre todo, con un enorme recelo y desconfianza hacia el sistema bancario, las instituciones políticas y las entidades financieras.
Aun así -pese al desplome de las bolsas, las grandes firmas financieras y hasta los modelos económicos que parecían infalibles-, las operaciones bursátiles y bancarias, las inversiones y la gestión del dinero continúan existiendo y rigiendo la vida económica de los países, las empresas y los clientes particulares. El asunto es conocer de qué modo lo hacen y, en especial, cómo prevenir ciertos riesgos sin llegar al extremo de guardar el dinero bajo la cama. Por ello, antes de preguntarse qué peligros entraña la banca de inversión, es importante tener claro qué es y cuáles son sus diferencias con la banca tradicional. Para decirlo de una manera sencilla, los bancos de inversión son intermediarios de capitales financieros: se dedican a captar activos para que, con ellos, las empresas inviertan, adquieran bienes o logren fusiones. Esta banca, que muchas veces ofrece servicios de asesoría para las firmas comerciales, opera con activos de gran volumen en la Bolsa y los mercados de capitales, se maneja en términos macroeconómicos y, por tanto, dista mucho del banco tradicional o conservador, que reparte su actividad en varias oficinas, se centra los pequeños clientes, brinda otro tipo de productos y obtiene buena parte de sus ganancias de las comisiones, de los intereses y de ofrecer una rentabilidad más modesta.
Por supuesto, los bancos tradicionales también hacen inversiones. No obstante, van a lo seguro -o a lo menos arriesgado- y por ello pagan a sus clientes intereses más bajos. Los bancos de inversión, en cambio, apuestan por los grandes beneficios y arriesgan más; incluso en los préstamos que otorgan. El mejor ejemplo de ello lo dio la banca estadounidense con la concesión de hipotecas "subprime" a personas sin trabajo estable, sin ingresos fijos y sin propiedades, a las que les brindaba el acceso a una vivienda a cambio de cobrarles un interés mucho más alto. Mientras las cosas iban bien y las cuotas se pagaban, las ganancias aumentaban. Cuando eso dejó de ocurrir, el engranaje se desmoronó. En otras palabras, estos bancos obtienen réditos mayores a cuenta de tentar a la suerte y consiguen liquidez ofreciendo a los inversores mejores condiciones que otras entidades.
El principal problema de la banca de negocios es que el cliente no tiene control de lo que se hace con su dinero, según señala Juan Duque, auditor internacional. Si bien estos bancos pueden asesorar al inversor para que él mismo maneje su capital, habitualmente se encargan de todo el proceso; es decir, de obtener los activos, evaluar el mercado, tomar decisiones e invertir. Cuando el banco además es dueño de la plataforma de inversión, gana dinero por el solo hecho de que un cliente invierta y le dé liquidez, como explica Duque, quien señala que "el objetivo principal es ése, independientemente de las ganancias que puedan obtener con los negocios posteriores". El modo de lograrlo es ofrecer más beneficios en menos tiempo, mejores tipos de interés y la supresión de los costes habituales que supone ingresar dinero en un banco tradicional. Una propuesta así resulta mucho más tentadora, pues no sólo supone para el cliente un ahorro en las comisiones, sino que le ofrece la posibilidad de unas rentas mayores. Sin embargo, la magia financiera no existe o, como se ha demostrado en este último año, la ilusión dura muy poco.